Teatro Miniatura




LA OTRA VOZ DE SAHARA
o
El cumpleaños de Sahara

DE CARLOS HARO



ACTO ÚNICO



Personajes:
Sahara.
Voz de Sahara niña.


El escenario representa una habitación blanca. Sahara duerme placidamente. A través de la persiana, se filtra un haz de luz. En un rincón una mesa. En el extremo opuesto un espejo de cuerpo entero. Sobre una repisa se observan diferentes muñecos de peluche, muñecas de grandes ojos  y tres payasitos de tela.  Al cabo de un tiempo en el que solo se escucha el tic tac de un reloj, Sahara despierta. Se despabila, bosteza, levanta los brazos como queriendo alcanzar el techo y se sienta en el borde de la cama.


SAHARA: Las seis con treinta minutos exactos. (Como repasando de memoria) Día nueve, mes abril, año dos mil seis y toda una vida por vivir con diecinueve años cumplidos ayer. ¿Ayer? Sí, fue ayer porque nadie me regalo nada, ni me dijo nada y tampoco me cantaron nada. Mi mamá paso frente a mí treinta veces, todas me sonrió, algunas incluso se detuvo para platicarme cómo le había ido en el club y en el salón y con su amiga Eleonora y me dio una palmadita en mi mejilla izquierda como acostumbra, pero nada más. No me dijo: feliz cumpleaños, ni me abrazo, ni nada. Es más, ni siquiera me preguntó mi edad. (Pausa) ¿Y si no tengo ninguna edad? Como todos los días al dar las cuatro, mamá se fue a jugar cartas con esas señoras a las que les llama: “Las damas de la mesa de “poker”

Sahara se incorpora, va hacia el ventanal y abre la persiana.  La habitación se inunda con los primeros rayos de sol en naranjas y rojos.

(Mirando hacia el exterior) Cuando era niña miraba por la cerradura de la puerta el paso de esa sombra enorme que era mi papá. “¿Y Sahara?” Preguntaba la sombra. “¿Dónde se esconde Sahara?” Yo procuraba no hacer ruido, mantenía la respiración hasta que la sombra enorme que era mi padre, pasaba de largo por el corredor. En otras ocasiones, ya entrada la noche, bajo una  mesa, hecha un ovillo y cubriéndome la cabeza con ambas manos, escuchaba la llave en la puerta principal. Luego el golpe de la puerta, siempre el mismo golpe. Era un golpe seco y sin vida. Un golpe como de alguien que llega cansado y sin deseos de nada. “¿Y Sahara?” Preguntaba. “¿Dónde se esconde mí Sahara?” (Camina hacia el espejo, y observa su imagen) Y Sahara siempre se escondía; y aunque mi padre sabía que Sahara estaba allí, nunca la buscaba. Cuando la sombra no paso más porque el cuerpo que la proyectaba murió al rodar por las escaleras, Sahara siguió escondida, sin que nadie nunca le preguntara si cumplía años ese día. Cada año sin embargo, hasta que Sahara cumplió los nueve, aparecieron en diferentes lugares de la casa muñequitos de peluche, muñecas de grandes ojos, e incluso uno que otro payasito. Luego de la muerte del cuerpo que proyectaba la sombra, ya no aparecieron más.


Sahara, va hacia la ventana y la abre de par en par. Respira muy hondo y alisa su largo cabello. En el exterior se escucha la voz de una niña de cinco años que canta las mañanitas. Sahara se sobrecoge y hace ademán de cerrar las ventanas pero se detiene en el intento. La niña continúa cantando, haciendo un esfuerzo por recordar la letra.

¿Quién es? ¿Eres Nina la hijita de Rosi?  ¿En donde estas? ¿Te escondiste en los arbustos? ¿Nina, Nina?

Nadie responde. La voz se continúa escuchando. Termina el canto,  y vuelve a empezar.

¡No puede ser!.. Se parece tanto a...  Pero, ¡Dios mió!.. Es mi voz... es decir, mi voz cuando... mi voz de niña. (Pausa, sus ojos se llena de lágrimas) ¿Sahara? ¿Sahara, eres tú? ¿Qué haces cantando solita? ¿Te sientes triste? ¿Por qué cantas esa canción? (Pausa) ¿Me la cantas a mí? Que linda... Tú sí te acordaste de mi cumpleaños Sahara.

Pausa. Sahara respira cada vez más agitadamente. La voz sube de volumen.

(De pronto molesta) Pero ya no cantes... No me cantes. ¡Que ya no cantes!

Corre hacia donde están sus muñecos, toma todos los que puede y regresa a la ventana.

 ¿No entiendes Sahara? (Grita) ¿Escuchas? ¿Me estas oyendo niña estúpida?

Sahara arroja hacia el lugar de donde proviene la voz, un muñeco y luego otro y otro más, con visible desesperación.

¡Silencio! ¡Silencio! Por favor, silencio. (Cierra la ventana con fuerza y se mete bajo la mesa hecha un ovillo y cubriéndose la cabeza con ambas manos) Dios, Dios mió... ¿Y si la sombra llega y toca a la puerta? (Con voz débil, que ahoga un sollozo) Tengo miedo... tengo mucho miedo.


La voz de la niña se escucha nuevamente. Primero fuerte, luego cada vez más lejos hasta que se pierde en la distancia.






OSCURO LENTO





Dedico esta obra a Maria José Capella.

26 de Abril del 2006